Incendios, lágrimas y por qué septiembre siempre nos obliga a empezar de cero
No sé si a ti también te pasa, pero últimamente siento que España entera es un reality de supervivencia. Abro las noticias y veo llamas, montes reducidos a cenizas, pueblos enteros desalojados… y me entra un nudo en el estómago. Me recordó a aquella vez que se me quemó la sartén por olvidar el aceite al fuego: el susto, el olor a quemado, la impotencia de saber que no hay marcha atrás. Pues imagínate eso multiplicado por mil, y en el monte donde la gente paseaba, recogía setas o tenía sus recuerdos de infancia.
Y mientras veía esas imágenes, pensé: qué frágil es todo. Un día estás disfrutando de una verbena de pueblo, y al siguiente ese mismo sitio está vacío, ennegrecido, con los bomberos exhaustos bebiendo agua caliente porque no hay tiempo ni de enfriarla.
La verdad: lloré. Sí, me dio por llorar. Soy de esas que se emocionan hasta con el anuncio del turrón en diciembre, así que no me sorprende. Pero esta vez no era solo por empatía. Era también por esa sensación de que lo que pasa fuera se parece demasiado a lo que nos pasa dentro.
🔥 Los incendios de fuera y los de dentro
Porque seamos sinceras: todas tenemos un incendio dentro.
Ese proyecto que se nos fue de las manos.
Esa relación que ardió en un WhatsApp a las tres de la mañana.
Esa sensación de “ya no puedo más” cuando el estrés nos calcina por dentro.
Y cuando veo los bosques arder, pienso en cuántas veces me he sentido igual: incapaz de apagar mi propio fuego, sin manguera, sin helicóptero, sin nada. Solo con las lágrimas, que no siempre alcanzan.
Leí en un reportaje de Cadena SER que la clave para que los montes resistan es el famoso “paisaje mosaico”: tener espacios diversos, con prados, cultivos, ganado y no solo pinos seguidos como si fueran fichas de dominó. Y pensé: igual nosotras necesitamos lo mismo. No podemos ser solo trabajo, o solo pareja, o solo gimnasio. Porque cuando un área de nuestra vida se incendia, si no hay nada más que nos sostenga, nos quedamos en cenizas.
🌱 Lo que renace en las cenizas
Pero también te digo: después de cada incendio siempre hay algo que vuelve a crecer. Aunque al principio parezca imposible, aunque mires la tierra y pienses que ya no queda nada. El otro día vi una foto en Euronews de un campo quemado que ya tenía flores diminutas saliendo entre el suelo negro. Y se me encogió el corazón, porque me recordó que lo mismo pasa con nosotras: incluso en los momentos más feos, algo pequeño y luminoso acaba brotando.
A veces es una amiga que te escribe justo cuando más lo necesitas. O esa sensación tonta de reírte con un meme cuando pensabas que ya no ibas a reír más. O incluso un plan nuevo que llega porque el anterior se arruinó.
✨ Septiembre: el mes de los reinicios obligados
Y claro, todo esto pasa justo en la víspera de septiembre. Ese mes que ya de por sí es como un incendio simbólico: te arrasa el verano, te devuelve al despertador, a los correos sin responder, al atasco en la M-30 y a los niños volviendo al cole con mochilas más grandes que ellos.
Pero ¿sabes qué? Quizás septiembre sea nuestra oportunidad de renacer. Igual que los bosques necesitan su mosaico, nosotras necesitamos variedad, equilibrio y un poquito de esperanza. Lo que ardió, ardió. Ahora toca dejar que brote lo nuevo.
No sé en qué punto estás tú ahora mismo. Igual tu incendio es pequeño, como ese día que discutes por la compra del súper. O igual es grande, de esos que te dejan arrasada y sin ganas de salir de la cama. Sea como sea, créeme: en algún momento vas a ver brotar tu propia flor en medio de las cenizas.
Y si este texto te ha removido algo, compártelo con tu amiga la fuerte, la que siempre dice “yo puedo con todo” pero nunca pide ayuda. Porque igual necesita leer que hasta los montes más firmes también se incendian, y que no pasa nada: siempre, siempre, vuelve a crecer lo verde.


